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EL JALIFA AHMADI COMO PERSONA SAGRADA

 

Por Antonio R. Gualtieri, Profesor de Religión Universidad de Carleton, Otawa, Canadá

 

 

Es común en estos días de estudio cultural cruzado de religiones, hacer uso de categorías o tipos generales para clasificar y hacer intelegibles los fenómenos religiosos y la actividad que aparece en diferentes tradiciones históricas.

 

Uno de esos tipos o categorías interpretativas es el del "hombre sagrado". En una amplia variedad de comunidades religiosas, es posible criticar el tema repetido de una persona o personas con un único status, vocación o responsabilidad. De esta forma podemos observar, a través de la historia de las religiones, a especialistas religiosos que funcionan como profetas carismáticos que reciben revelaciones autorizadas, sacerdotes que son guardianes del depósito histórico de la verdad, escribas legales o expertos en jurisprudencia, expertos en prácticas rituales, y así sucesivamente.

 

La categoría general de persona sagrada puede ilustrarse y clarificarse mediante la observación de las funciones del Jalifa en la Comunidad ahmadía.

 

Conocí por primera vez a Hazrat Mirza Tahir Ahmad, Jalifatul Masih IV, en nuestra casa hace aproximadamente quince años, cuando, aunque no estaba instalado todavía en su actual despacho, efectuaba una gira por Canadá. Algunos de nuestros amigos ahmadis, cuya amistad se originó en un largo y difícil viaje desde el glaciar Baltoro hasta el K2 en el norte del Pakistán, en 1975, le habían invitado a visitarles.

 

En el momento de nuestro segundo encuentro, él había asumido el liderazgo de los musulmanes ahmadis. Yo me dirigía a Pakistán con mi amigo Rehmet Chawdry para investigar, en un proyecto privado, la situación de los ahmadis pakistaníes bajo el régimen represivo del gobierno. Nos detuvimos en Londres durante poco menos de una semana como invitados de la Sede Central , y en ese intervalo tuve dos entrevistas con el Jalifa de casi una hora de duración cada una. También le contemplé cuando dirigió la oración en la mezquita, y tuvimos un intercambio final en el momento de nuestra partida.

 

La impresión obtenida de su apariencia física es la de un alto grado de energía y fuerza personal. Es de estatura mediana, robusto y de fuerte constitución. El vigor personal queda demostrado por sus rápidas zancadas a lo largo de la mezquita, al pasar entre los fieles, cuando entra a dirigir la oración. En ese momento va acompañado de dos guardaespaldas por miedo (de la comunidad, no de él) de ser asesinado a manos de agentes de los ortodoxos mul-lahs. Cuando dirige la oración o pronuncia el sermón, rezuma fortaleza física, determinación moral, confianza, autoridad y bondad hacia la congregación.

 

Durante nuestras entrevistas (que grabé en cinta), se mostró inteligente e instruido, aunque quizás poco familiarizado con algunos elementos de la terminología conceptual técnica de los que dedican toda su vida a la enseñanza académica de tipo occidental.

 

Durante las entrevistas se mostró sinceramente deseoso de ser informado y totalmente franco en las respuestas a mis preguntas.

 

No pude detectar ninguna "impression management"(1) (en frase del antropólogo Erwing Goffman). Esta franqueza y esta sinceridad tenían un obvio soporte teológico: Tan seguros están los ahmadis de la divina autoridad para su comprensión del Islam, y tan confiados del inevitable triunfo de su visión de la verdad, que no necesitan disimular, aplacar o manipular.

 

En todo momento le encontré afable y bondadoso, a pesar de mi particular recelo de los hombres santos, propiciado en parte por mi estancia entre gurus y santones de la India.

 

El Jalifa lleva consigo la autenticidad del que cree realmente lo que dice, como vulgarmente se indica. Su preocupación por el bienestar de la Comunidad ahmadía era transparente. Cuando nos separamos, le pregunté si podía hacerle una fotografía. Propuso con insistencia que uno de los transeuntes realizase la foto mientras me atraía a su lado en un gesto de compañerismo, paternal y afectuoso. Observando que mi amigo Rehmet se quedaba esperando y dándose cuenta inmediatamente de lo mucho que podría significar para él, el Jalifa le hizo una seña para que se pusiera a nuestro lado y saliera en la fotografía. Después mandó buscar un paquete para que se lo entregara a mi esposa. Contenía un bellísimo chal pakistaní que apreciamos por sí mismo y por su connotación personal.

 

Las funciones del Jalifatul Masih parecen sobrehumanas - de hecho, imposibles. Está inmerso en los detalles de la vida de una comunidad de diez millones de personas extendida por todo el mundo. Se le ruega que disponga matrimonios, aconseje en las crisis y necesidades personales, ejercite la función de enseñar las normas, administre el misionariado general y la organización educacional. Un compañero de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Carleton, viajó recientemente a Londres para requerir el juicio del Jalifa al diseño de la nueva mezquita ahmadi de Toronto. A muchos ahmadis parece pesarles la seriedad; él, sin embargo, es alegre y sociable, a pesar de sus enormes responsabilidades.

 

Cuando comenté a los ahmadis las inmensas cargas del Jalifatul, detecté en sus caras un cierto aire de alegría contenida, dado que lo que para mí supone una tarea humanamente imposible, para ellos es una señal de la aprobación del movimiento ahmadi por Dios. Ellos proclaman que pueden confiar en el origen y guía divinos de su renovación del Islam, porque, precisamente, el Jalifatul Masih IV es capaz de cumplir los múltiples deberes de su función.

 

El amor y reverencia que los ahmadis sienten por su líder es tan palpable que a mí, un autor, me embargó una cierta turbación por haber tenido acceso al Jalifa, ya que cualquiera de ellos habría abrigado ese instante toda su vida, transmitiéndolo a sus nietos hasta el día de su muerte.

 

Yo suscité la pregunta de cómo puede mantenerse la intensidad de compromiso de la comunidad, tras el paso de un siglo desde la fundación del movimiento. Extrapolando desde mi propia experiencia, detecto en los ahmadis un entusiasmo y una perseverancia que están asociados a una generación de recientes conversos. A pesar de la estricta organización de los ahmadis (con una dirección centralizada final), el carismático resplandor del movimiento no parece (en frase de Max Weber) haber sufrido un proceso de "routinization"(2), es decir, una pérdida de entusiasmo espontáneo al experimentar la verdad como parte de una comunidad única, que sirve de instrumento a Dios en su objetivo de salvar al mundo.

 

La respuesta obtenida es que la presencia del Jalifa como encarnación personal y concreta de la autoridad, guía y amor de Dios en la tierra, mantiene el celo y laboriosidad del movimiento para revitalizar y propagar el verdadero Islam.

 

Incluso desde un punto de vista humano y secular, los ahmadis son sumamente afortunados por tener la clase de líder que de hecho poseen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  (1) "falsa apariencia"

(2) "desgaste rutinario"

 

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